Se entiende por carisma a la presencia en algunos individuos de elementos sobrenaturales considerados de carácter sagrado, ya sea por estimar las acciones de los portadores del carisma como inspiradas indirectamente por la divinidad, o por una comunicación participativa de la deidad con dichas personas, o por considerarlos habitados por un espíritu inmanente, generalmente relacionado de algún modo misterioso con el espíritu y el destino de un pueblo. A lo largo de toda la Historia el carisma se ha manifestado particularmente en facultades mágicas, revelaciones o heroísmo, poder intelectual u oratorio, resultando dentro de su entorno como algo siempre nuevo, extraordinario, nunca visto, lo cual es fuente de devoción personal.  La autoridad carismática se basa en la creencia o en el reconocimiento que encuentra personalmente el que manda (el caudillo) entre los seguidores (apóstoles, partidarios, etc.), quienes se le someten porque creen en él, y no porque así lo exige una  costumbre o un estatuto.  El individuo carismático vive su propia causa, “persigue su misión”, siente un llamado “interior”. Producto específico de la ciudad-estado occidental es el político carismático, cuyos rasgos típicos aun pueden encontrarse en algunos participantes de la política contemporánea.

Fuente: Arnoletto, 2007; Weber,