En un sentido amplio se entiende por instituciones a las normas y costumbres imperantes en una sociedad que son conocidas por todos los que participan de ésta. Puede decirse que son reglas del juego, entidades abstractas cuyo propósito consiste en permitir la interacción social. Las instituciones modelan y determinan el sentido que toma la interacción humana, esto es así porque  operan incentivando y desincentivando determinadas conductas, condicionando el comportamiento de los actores sociales. En este sentido, las instituciones, en tanto reglas, determinan las probabilidades de que se realicen los diversos intereses de los  actores. Por eso  nunca son neutrales, pues quien formula o cambia las reglas define que sea más probable que se realicen los intereses de determinados actores y menos los de otros.

Se puede clasificar a las instituciones en formales e informales.

Las instituciones formales son las que han pasado por un proceso de codificación y en general constan por escrito. La Constitución y las leyes son ejemplos de este tipo. Las instituciones informales son aquellas que no han pasado por ese proceso de positivización –lo que no significa que tengan menor importancia que las formales- e incluyen a los valores y las pautas de comportamiento generalizado.

Además, ellas refieren a las redes que sirven para enlazar y encauzar en ellas las relaciones de intercambio económico, social y político entre las partes de la sociedad. Las instituciones importan en su eficacia, y en ese sentido se tiene que no todas las reglas tienen el mismo grado de importancia para explicar el funcionamiento político de la sociedad. Para los académicos que basan sus análisis en el estudio de las mismas, lo que distingue a las sociedades, a las economías y a los Estados no es sólo su territorio, sus recursos naturales y su población, sino  la calidad y la eficiencia de sus instituciones.

Fuente: Abal Medina, 2010.