ar_2misoginia_051011Lic. Noelia Figueroa*

Quienes estudiamos Ciencia Política, quienes ejercemos como politólogxs, tenemos algunas preocupaciones concretas acerca de la forma en que funcionan nuestras sociedades, comunidades, los grupos humanos a los que pertenecemos. ¿Por qué unxs mandan y otrxs obedecen? ¿Por qué hay desigualdades y asimetrías entre las personas?  ¿Cómo construimos sociedades más democráticas, más diversas, más igualitarias, que incluyan las diferencias sin convertirlas en desigualdades de poder?

Sin duda, en nuestras sociedades actuales, una de las desigualdades más evidentes, además de las de clase y raza, es la de género. ¿A qué nos referimos con esto? A que seguimos habitando sociedades patriarcales, que desde que nacemos nos asignan un sexo y nos dicen que podemos y debemos hacer en función de si somos varones o mujeres, cómo comportarnos, quiénes nos deben gustar y cómo tenemos que vestirnos. A la vez, esos mandatos y esa creación sobre lo que debemos ser tienen una característica particular: todo lo asociado a lo masculino es jerarquizado por sobre lo femenino. Por eso los varones siguen ganando más que las mujeres (la brecha salarial en nuestro país ronda el 27%), acceden a mejores puestos, estudian las carreras más importantes y son los referentes políticos, sindicales y empresariales por amplia mayoría. Mientras, las mujeres seguimos sosteniendo las tareas de cuidado (cuidado de todo y de todxs: hijxs, ancianxs, enfermxs, hijxs de otrxs, y todo por amor!) y el trabajo doméstico gratuitamente, somos peor remuneradas y nos cuesta mucho más, incluso en el siglo XXI, acceder a los lugares privilegiados de la sociedad. En general no somos las dueñas de los medios de comunicación ni de las grandes cadenas trasnacionales. El 70% de lxs pobres del mundo somos mujeres. Nuestro lugar es subordinado.

La violencia de género es el fenómeno social que opera cotidianamente para marcarnos ese lugar de subordinación: estamos amenazadas a lo largo de nuestras vidas, porque si no cumplimos con lo que se espera, si no nos vestimos como corresponde, si no nos comportamos como se nos pide, la furia machista puede descargarse contra nosotras. Sea en la forma de comentarios de desprecio o subestimación, de violencia física directa, de palabras ofensivas en la calle o en otros espacios que transitamos: empezando por nuestras propias casas.

A la vez, no somos las mujeres las únicas perjudicadas por ese patriarcado, que a la vez es heteronormativo: nos socializan desde muy pequeñxs para que elijamos sexo-afectivamente a parejas del sexo opuesto, vivamos en monogamia y con la idea de amor romántico siempre a la orden del día. Por eso, quienes salen de la identidad de género asignada al nacer (personas trans) o quienes tienen orientaciones sexuales que se salen de la norma (gays, lesbianas, bisexuales, etc) también sufrimos esa violencia de género que quiere disciplinarnos para normalizarnos.

Por todo esto es que decimos que el sexo en esta sociedad funciona como una relación de poder, tal vez la más universal y efectiva de todas..  Entonces… vaya si debe interesarnos en el marco de nuestra disciplina!!!

Entendemos fundamental que nos formemos como futurxs profesionales en construir perspectivas de género que se propongan la ardua tarea de enfrentar esas desigualdades.  De qué formas podemos aportar lxs politólogxs en este desafío:

  • Diseñando políticas públicas que puedan revertir las asimetrías de acceso que son cotidianas: cupo laboral para personas trans, cupos y paridad de género para cargos electivos y de representación.
  • Proponiendo y evaluando propuestas integrales para abordar la violencia de género, enmarcadas en normativas internacionales y en la Ley 26485 de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia hacia las mujeres.
  • Investigando críticamente las teorías sociales que incluso siendo de avanzada, siguen siendo sexistas en la mayoría de los casos, tal como sostienen las teorías feministas.
  • En la tarea de la docencia, promoviendo espacios curriculares que puedan formar a distintas personas en esta perspectiva.
  • Analizando de manera situada en distintos espacios e instituciones como funcionan esas relaciones y esas asimetrías, y generar proyectos que se propongan transformar esa dinámica.
  • Gestionando y monitoreando la implementación de políticas transformadoras, como por ejemplo la Ley de Educación Sexual Integral 26150, los programas vinculados a salud sexual y procreación responsable, entre otros.

Para todo ello, es imprescindible que sigamos indagando y construyendo colectivamente las formas de conocimiento que nos permitan transformar nuestra realidad a partir de estas herramientas. ¡Lxs esperamos!

*Docente de Historia Latinoamericana y Argentina II. Referente a Cargo del Procedimiento para la atención de la Violencia de Género, el acoso sexual y la discriminación de género. Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario. Núcleo Interdisciplinario de Estudios y Extensión en Género. Centro De Investigaciones Feministas y Estudios de Género.